 La Catania del seiscientos sufrió varias dolorosas desventuras; de ellas, particularmente graves fueron la erupción lávica de 1669 y el catastrófico terremoto del 11 de enero de 1693, que destruyó casi completamente la ciudad.
A este espantoso cataclismo se asocian dos leyendas catanesas, la de "Don Arcaloro" y la del "Vescovo Carafa".
La primera de estas dos leyendas cuenta que la mañana del 10 de enero de 1693 se presentó en el palacio del barón catanese Don Arcaloro Scammacca una famosa y temible bruja local, que, con su escandalosa voz, ordenó a don Arcaloro su aparición de inmediato porque tenía que comunicarle algo de suma urgencia y de grandísima importancia: ¡su vida estaba en peligro! Los criados no querían dejarla pasar pero Don Arcaloro, conociéndola, ordenó que le permitieran subir.
Entonces la vieja bruja reveló al barón que aquella noche había soñado con Santa Agata, la cual había suplicado a Dios que salvase su ciudad del terremoto.
Sin embargo el Señor se había negado a conceder ese deseo a causa de los graves pecados cometidos por los cataneses; y añadió la terrible profecía "Don Arcaloru, don Arcaloru, dumani. A vintin' ura, a Catania s'abballa senza sonu". (Don Arcaloro, don Arcaloro, mañana a las 8 en Catania se bailará sin música”)
El prudente barón entendió enseguida qué “baile sin música” bailaría Catania al día siguiente; y tras haber recompensado generosamente a la vieja bruja, se refugió en el campo, donde esperó la hora fatal: y a la hora indicada por la bruja el terremoto tuvo lugar con sus catastróficas consecuencias.
La segunda leyenda que concierne al terremoto de 1693 es la que hace referencia al obispo Francesco Carafa, que dirigió la diócesis de Catania de 1687 a 1692.
Según la leyenda este buen obispo, gracias a sus devotas oraciones, había logrado ya por dos veces mantener lejos de su amada ciudad la calamidad del terremoto.
Pero en 1692 murió, y el año siguiente, apagadas sus oraciones, Catania fue destruida por el terremoto.
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